Blog de Actualidad en Psicología.

16 mar. 2008

Psicología del eslogan

Por Fernando Tinajero

Para nadie es una novedad que las doctrinas neoliberales, y los consiguientes fenómenos políticos que provocaron a lo largo de los últimos 30 años, nos acostumbraron a ver y aceptar la realidad reducida a las dimensiones del mercado. Oferta y demanda, compra y venta, estrategia publicitaria y toda esa infernal parafernalia de la fiebre mercantil, fueron entonces los mecanismos que, invadiéndolo todo como una peste inconsútil, llegaron a copar todo el horizonte de las relaciones humanas, desde las políticas hasta las familiares, pasando por toda clase de vinculaciones de amor, amistad o compañerismo, y transformando a los seres humanos en una suerte de inválidas marionetas movidas por los hilos del mercado –esa ‘mano invisible’ de la que ya hablaba Adam Smith en el siglo XVIII.

Este fue el escenario para el próspero desarrollo del eslogan, ese tramposo sucedáneo mercantil de lo que antes eran las ideas.

Consignas, epígrafes, emblemas y apotegmas fueron así, lentamente, cediendo su lugar a ese maligno instrumento verbal que reemplaza el pensamiento por la imagen y la claridad por el deslumbramiento. En alas de ese invento comercial que se llama ‘marketing’, cuyos tentáculos se han extendido ya hacia todas las actividades humanas debidamente mercantilizadas, el ‘slogan’ se convirtió así en el motor de las decisiones individuales en todos los órdenes de la vida, y llegó a ser tomado como una herramienta insustituible de las campañas políticas. El precursor de esta maligna transformación acaso haya sido el doctor Goebbels, presunto autor de aquel tenebroso eslogan que aseguró el triunfo del nacional-socialismo: “Un pueblo, un imperio, un caudillo”, pero no se puede descartar que en un pasado aun más remoto ya se hayan acuñado otras fórmulas semejantes a guisa de profundos pensamientos. Sus émulos de hoy, desde luego, han sobrepasado ya la eficacia de aquellas viejas fórmulas verbales, y someten a todos los pueblos de la tierra a la penosa transformación de las relaciones políticas en relaciones comerciales.

Nada hay perfecto en este mundo, sin embargo. Igual que en la economía, en la cual rige todavía la ley de los rendimientos decrecientes, en el universo malicioso de la publicidad de cualquier tipo (religiosa, política, comercial...) hay también un límite intangible en la eficacia deleslogan: si alguien llega a atravesarlo puede ver que los resultados se revierten en sentido contrario, hasta alcanzar la misma dimensión que en su fase ascendente. Así el eslogan se transforma en muletilla y suele ser tomado como objeto de juego burlón, único recurso de la gente para expresar su desagrado o su rechazo.

El humor popular, que no falta en ningún país de la tierra, aunque tenga muchas y muy diversas tonalidades, funciona entonces como una válvula de escape para el atosigamiento que suele provocar un «slogan» mal administrado. Ayer, al hacer mi diaria caminata por la calle, oí que un conductor de taxi, dirigiéndose a un compañero para pedirle que le dejara espacio para su vehículo, le dijo: “Perdón, compañero, la patria ya es de todos...”.

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