Blog de Actualidad en Psicología.

13 ago. 2007

La suma de todos los miedos


Todos los seres humanos los llevan consigo. Los miedos son un sentimiento universal y a medida que el hombre crece cambian con él cumpliendo un rol esencial en el desarrollo de las personas. ¿Cómo se manifiestan y qué objetivo cumplen en cada etapa de la vida?.


El miedo es un sentimiento que todos los seres humanos sienten a lo largo de su vida.




Se visten con diferentes atuendos conforme a la etapa de la vida que se atraviese, evolucionan junto a los seres humanos y logran, en la mayoría de los casos, ser controlados por ellos. Lo cierto es que, a pesar de ser originados por diferentes motivos y manifestarse de formas diversas, los miedos son un sentimiento universal que surge con la misma intensidad en niños y adultos. Qué rol cumple en el desarrollo y la historia de las personas esta emoción que nos acompaña desde la edad más temprana, caracterizada por la más tierna ingenuidad, hasta la adultez, donde muchas veces la experiencia no es suficiente para derrotarlos.

En muchos casos los miedos no necesitan transformarse en una enfermedad, evolucionar al nivel de una fobia, para ser invalidantes y actuar como una especie de freno ante ciertas situaciones de la vida. Es justamente allí, en el límite entre el temor natural y aquel que deviene en algo patológico, donde este sentimiento pone en penumbras al ser humano, lo abandona en un espacio tenebroso, sombrío y angustiante que a veces es dificil dejar atrás.

Es casi imposible ver con claridad o analizar objetivamente aquello que nos genera temor cuando el miedo invade. Lo cierto es que son un sentimiento propio de cualquier persona que, lejos de ser omnipotente, necesita de los otros para desarrollarse y requiere adecuarse a ciertas normas y leyes para vivir en sociedad.

“Hasta el siglo XVIII los temores del hombre estaban vinculados a lo natural porque existía dependencia de la naturaleza, de la lluvia, de los animales. Luego, a medida que avanzó la civilización, los temores naturales fueron controlados porque la ciencia comenzó a intervenir en la medicina y la naturaleza. Hoy en día los miedos tienen que ver más con lo social, lo urbano e interpersonal. El temor a los cambios sociales por ejemplo, hoy la gente teme más por el otro, es decir de sus propios pares”, apunta el psicólogo José Eduardo Moreno, investigador del Conicet y vicepresidente del Centro Interdisciplinario de Investigaciones en Psicología Matemática y Experimental (CIIPME).

Miedo a la oscuridad, miedo a la separación de los padres y a personas extrañas, temor a no ser aceptado socialmente, a no seguir los cánones de belleza, a enamorarse y no ser correspondido, a la incertidumbre laboral, miedo a perder el trabajo, a no poder conformar una familia o a que le suceda algo dañino a nuestros seres queridos, sobre todo a los hijos, son sólo algunos de los temores que suelen coincidir con ciertas etapas de la vida pero que atraviesan todos los seres humanos.
“Los miedos son sentimientos naturales, como el amor o el odio, que se traen ancestralmente. Desde su aspecto más primario, tienen que ver con la defensa frente al peligro que puede suponer una situación de riesgo, se relacionan con el instinto, son sentimientos protectores del ser humano que le permiten vivir en un ambiente que no es lo suficientemente seguro”, explica Alejandra Libenson, psicóloga especialista en crianza y familia.

No todo miedo es negativo
Según el Diccionario de la Real Academia Española, el miedo consiste en “la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. Los especialistas consultados por Info Región coinciden en definirlos como “ancestrales” y agregan que están directamente asociados con la posibilidad de que “suceda algo contrario a lo que uno desea”.

A su vez, advierten dos cuestiones: por un lado que se manifiestan ante diferentes circunstancias y que se expresan de distinta manera acorde a las etapas de la vida y, por el otro, que en vez de disminuir a medida que se complejizan las sociedades, parecen multiplicarse y tipificarse al toparse con nuevos riesgos, peligros e inseguridades que les dan cabida (ver recuadro “La paradoja de los miedos”)

Son universales pero poseen características particulares de acuerdo a la experiencia de la persona que los siente y a la razón que los empuja a salir a la luz. Además, como todas las emociones, tienen tanto aspectos negativos como positivos. Los primeros pueden advertirse cuando los temores, en algún punto, llegan a paralizar, a invalidar a las personas en su accionar o a demorar en exceso la toma de decisiones; mientras que en un nivel apropiado los miedos son positivos ya que son sinónimo de prudencia, promueven un análisis previo de las situaciones que permite proceder de forma adecuada, tomar recaudos e incluso prepararse para enfrentar situaciones de riesgo.

“Como sucede con otras cuestiones, los miedos en exceso son malos, paralizan al sujeto. Pero, en ciertas situaciones, actúan como una especie de alarma y nos permiten prepararnos y adaptarnos favorablemente a ciertas experiencias”, evalúa Moreno y con él coincide Libenson al sostener que “existen miedos saludables”. “Son los temores que nos permiten cruzar la calle y mirar que no pase un auto, sentimientos protectores que nos mantienen alerta frente a situaciones en las que suponemos que podemos poner en peligro nuestra integridad física y psíquica. Desde ese punto de vista, el miedo es un sentimiento a favor del ser humano”, indica.

En ese sentido, el antropólogo Carlos Berbeglia rescata el concepto de “justo medio” desarrollado por Aristóteles y deduce: “En este caso es más que necesario hallar el justo medio del que habla el filósofo, quien cuestiona ‘¿cuál es el soldado que va a la batalla en buenas condiciones?’ y luego se responde que ‘no es el miedoso pero tampoco el temerario sino que son los hombres que saben medir las consecuencias y conocer los límites de lo que pueden enfrentar’. En ese sentido, el miedo es positivo”.

Si bien no existe ser humano que no sienta miedo ante determinadas circunstancias de la vida, sucede que, quizás por una cuestión cultural o hasta por cierto pudor, los temores suelen ser esquivados, a veces no admitidos y hasta asociados únicamente a la niñez.


No es sólo cosa de chicos
Si bien los especialistas reconocen que durante los primeros años juegan un rol fundamental en el aprendizaje y la adaptación a la vida social, aseguran que los miedos no son un sentimiento característico de esa etapa y, por el contrario, apuntan que los temores cumplen un papel distinto en cada período como un sentimiento “que acompaña la superación de conflictos en el desarrollo vital”.

Según Libenson, “los miedos y los no miedos se construyen en los primeros años de vida, como matrices de aprendizaje”. “En la niñez hay miedo a la oscuridad, al abandono, a los ruidos fuertes, a los seres sobrenaturales”, apunta la profesional y con ella coincide la psicoanalista María Eugenia Vila, quien asegura que “los miedos cumplen su papel más importante durante los primeros años de vida porque acompañan puntos de inflexión y de estructuración subjetiva”.

“Un ejemplo básico es cuando el niño atraviesa operaciones de alienación al campo del otro, de la mamá o el papá. El miedo aquí es tanto a quedar atrapado en ellos como a separarse y, en este caso, los temores tienen un valor propiciatorio en el sentido de que a medida que el nene crece lo llevarán a elaborar situaciones y a darse cuenta de que se las puede arreglar solo. De esta manera, aparecen como una señal de que algo va a ser diferente, va a cambiar, que en un principio no se sabe si se va a poder enfrentar y luego se transforma en experiencia”, indica Vila, miembro de la Escuela Freudiana de Buenos Aires e integrante del servicio de Salud Mental del Hospital Fernández.

Según apuntan, este tipo de temor cumple un papel básico en la estructuración de la personalidad y en la socialización primaria del sujeto, al igual que aquellos miedos a los que denominan “construidos” y que, sobre la base de los límites impuestos por sus adultos muchas veces utilizándolos como estrategia, hacen que el niño pueda adecuarse a las normas sociales y advierta aquello que es aceptado y aquello que no es permitido en la vida social.

“Los chicos, al año y medio de vida, cuando comienzan a deambular y a desarrollar habilidades, se ponen en situaciones de riesgo. Entonces, el adulto con el límite va construyendo barreras para protegerlo de sensaciones que él no vive como peligrosas. Esos son los denominados miedos culturales o construidos. Aquí también entran los retos y las prohibiciones diciéndole que si no hace caso sale el monstruo del placard o pronunciando la frase ‘si te portás mal va a venir el cuco’”, detalla Libenson.

Según los profesionales, durante los primeros años de vida los miedos poseen independencia de si aquello a lo que se le teme resulta conocido o es algo irreal, mientras que a medida que se avanza en el proceso de maduración, los temores adquieren una raíz cognitiva y están íntimamente vinculados a aquello que reconocemos como riesgoso o como factible de ocasionar algún tipo de daño.

“Uno le puede tener miedo a un animal ponzoñoso o a un pajarito. Este último es un miedo fóbico porque no existen razones para temerle a un pajarito, pero en el primer caso se habla de un miedo concreto que tiene raíz cognitiva porque uno sabe que el animal le puede hacer daño.”, ejemplifica Berbeglia, aunque reconoce excepciones: “Se puede tener miedo por ignorancia, por ejemplo a una persona portadora de HIV sin saber cuáles son las características de contagio”.

Etapa de cambios, miedos que asoman...
Según el sociólogo Alejandro Salamon, docente de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, a nivel social el sujeto atraviesa distintos temores que pueden tipificarse en tres ramas. “En primer lugar los miedos a que atenten contra el cuerpo y la propiedad, a que me maten o me pase algo; en segundo lugar los temores que atentan contra la fiabilidad del orden social y la supervivencia, como el miedo a perder el empleo, la jubilación, etc. y el tercer tipo que se vincula al lugar que la persona ocupa en el orden social, es decir a perder el status, la jerarquía, la identidad”, detalla.

Justamente este tercer tipo de miedo es el que, según los especialistas, suele colarse con mayor fuerza en la adolescencia, relegando y dejando casi sin espacio al primer grupo de temores advertido por el sociólogo.

En ese mar de contradicciones que caracteriza a la etapa adolescente es donde, según advierten, los miedos se sufren con mayor intensidad, donde muchas veces no encuentran explicación racional y donde en vez de estar vinculados a la amenaza física tienen que ver con actitudes, comportamientos y con la aceptación que esas conductas logran en la sociedad.

Es que los jóvenes de hoy muchas veces se sienten inmunes ante situaciones de riesgo físico, incluso teniendo en cuenta la idea de conocimiento citada anteriormente por Berbeglia. Advierten el peligro, lo reconocen, aquellos que andan en moto sin casco son concientes de que tienen más probabilidades de morir en un accidente y, sin embargo, no usan protección. Esto encuentra explicación justamente en que, en esta etapa, los miedos pasan por otro lado. “En la adolescencia el miedo es fundamentalmente a no ser aceptado, a que el otro no me quiera como soy, lo que muchas veces lleva a que me transforme en lo que pienso que el otro espera de mí”, asegura Libenson y precisa: “En esta etapa también hay muchos cambios que producen miedos, por ejemplo los que tienen que ver con la sexualidad. Cuando el cuerpo y los sentimientos cambian, el no reconocimiento, propio de la edad, genera temores concientes e inconcientes. Es un momento en el que se debe aprender a convivir con un cuerpo y sensaciones nuevas. Hay miedo a los cambios y a no ser aceptado porque justamente no me reconozco ni acepto yo”.

“Temen ser rechazados, no ser aceptados en su individualidad, su diferencia y singularidad. De esta manera, los adolescentes aprenden a aceptarse y valorarse tal cual son”, coincide Vila, que también advierte otros temores comunes en los jóvenes: “En esta etapa se pasa a ocupar un lugar donde se espera más de uno, hay miedo al fracaso, a la carrera profesional, miedo a no cumplir con las expectativas depositadas sobre él y mucha autoexigencia”, especifica.

Miedos maduros
Durante el crecimiento, tanto en el aprendizaje como en la socialización y la adaptación a las normas sociales, los miedos juegan un papel crucial, aunque esto no significa que desaparezcan de la vida de las personas una vez llegadas a la adultez.

Según los profesionales, es allí donde los temores pueden distinguirse más claramente en sus diferentes expresiones que, si bien están presentes en la niñez y la adolescencia, aquí pueden ser identificadas como lo que se conoce por angustia, pánico o patologías como las fobias (ver recuadro “A no confundir”).

Sin embargo, de fondo, en este momento de la vida el miedo acecha ante la posibilidad de no poder cumplir con los ideales y los objetivos perseguidos a lo largo de la existencia. “En la adultez, los temores tienen que ver con poder realizar o no algunos proyectos, es decir con la realización del hombre y sus ideales, como pueden ser casarse, tener hijos, mantener una familia, tener un trabajo estable, etc”, apunta Vila.

En este sentido, los especialistas coinciden en asegurar que en las personas adultas los miedos tienen un carácter más concreto y vinculado a la realidad. “Cuando se entra en la adultez aumenta el miedo al futuro, el temor a la pérdida del trabajo, a los problemas económicos, a que le pase algo a nuestros hijos”, apunta Libenson, aunque tanto ella como Vila sugieren que muchas veces el llegar a esta etapa implica retornar a los primeros miedos, como si se tratara de una especie de rueda. “Un ejemplo es cuando los hijos crecen y, quizás, toda la vida de esos padres estuvo dedicada a su crianza y a vivir para ellos. Allí es que vuelve a aparecer ese temor al vacío que hay en la niñez”, apuntan.

Así es que los miedos están siempre presentes en los seres humanos, quizás con un carácter más irreal en la niñez, más impreciso en la adolescencia y más concreto en la adultez. Pero lo cierto es que nunca nos abandonan a nuestra suerte.

Es por eso que resulta aconsejable comprender no sólo su aspecto negativo y advertir, en cambio, que son un sentimiento que habita en todos los seres humanos y que posee aspectos positivos tales como facilitar el aprendizaje y la adaptación a la sociedad durante la niñez hasta pasar a cumplir un rol protector que muchas veces nos empuja a actuar con prudencia ante determinadas circunstancias de la vida.


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