No todos merecen ser padres


César Fernando Zapata

Madre es el nombre de Dios en los labios y los corazones de los niños —W. M. Thackeray
Para mí los primeros recuerdos “reales” que guardo de mi existencia son a partir de los cuatro años. Antes de esa edad, sólo tengo memorias vagas. Escenas sueltas, imágenes como de un sueño, como “flashbacks” de una película incompleta.

Conforme crecemos, sustituimos esos primeros “flashes” con recuerdos mejor ordenados y detallados, los que conservamos para siempre y que definen lo que es para nosotros la vida.

Desafortunadamente, hay personas que se quedan con esos primeros “flashes” vagos como el único recuerdo que tuvieron de lo que fue la vida. Se trata de bebés que mueren antes siquiera de tener conciencia plena de haber estado vivos. Siempre que muere un niño es una tristeza enorme, pero ésta se agrava si fue un bebé pequeño.

Y estas muertes, tristes de por sí, se vuelven tragedias cuando se trata de bebés asesinados. Como el terrible caso que ocurrió en Cape Coral, Florida, días atrás, del niño Zahid Jones, quien apenas a sus tres años de nacido murió a golpes, presuntamente por una de las personas que se suponía debería cuidarlo.

No quiero ni imaginarme lo triste de la corta vida de Zahid: Sus únicos recuerdos (apenas imágenes sueltas) no fueron de felicidad, sino de abuso, de llanto, de tristeza, de golpes y hambre...

Para él, como para tantos otros niños asesinados, eso fue lo único que se lleva de este mundo.

Lo peor de todo es que no son casos rarísimos.

Ocurren más seguido de lo que creemos y casi siempre los asesinos son las personas de quienes estos inocentes dependían totalmente para su existencia.

Según la Administración para Niños y Familias del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, tres de cada cuatro asesinatos de niños en el país durante 2005 fueron causadas por uno de sus padres.

Casi ocho de cada 10 niños asesinados en Estados Unidos eran menores de cuatro años.

Terriblemente, Florida es uno de los cinco estados del país con más muertes por abuso infantil: 20.1 víctimas por cada 1,000 niños, según la agencia.

¿Qué nos está pasando? ¿Cómo podemos jactarnos de tener adelantos tecnológicos, estaciones espaciales, Internet y mil canales de televisión, si no podemos asegurar derechos tan básicos como la seguridad de un niño, la persona más indefensa de la sociedad? ¿No podemos con tanta tecnología, tanto adelanto, tanta psicología, sociología, hacer algo al respecto? ¿Sería factible, como en las películas de ciencia ficción, que se impusieran estrictas reglas de paternidad? Porque, aunque suene totalitario de mi parte, hay que aceptar que hay gentes que no merecen ser padres, quizá la tarea más difícil e importante del ser humano. De ello depende hasta nuestra supervivencia como especie. Y no todos merecen ese derecho.

¿Tendríamos que llegar al extremo de exigir a quienes quieran tener hijos que prueben que lo merecen tomando cursos y capacitándose? ¿Sacando una licencia? A nadie de nosotros le haría daño tomar cursos sobre paternidad (nadie nace sabiendo). Los niños son demasiado valiosos como para experimentar y aprender “a prueba y error”.

Quizá una vez que la gente pasara todos los exámenes y se graduara, entonces se le premiaría con una paternidad “a prueba” por un año.

Suena drástico y fascista. Y me dirán que la paternidad es un “sagrado derecho” otorgado por Dios hasta a los peores ladrones.

Pero ya de hecho restringimos otros “derechos”: por ejemplo, no todos podemos manejar, aunque lo queramos, si no pasamos antes un examen.

Tampoco podemos beber o votar hasta cierta edad, hasta que probemos ser capaces de enfrentar tales responsabilidades.

¿No sería lógico que también tengamos que probar que merecemos la mayor de las responsabilidades, la de ser padres? Sobre todo porque no se trata solamente de alimentar y dar cobijo a un niño, sino que implica criar y formar a un ser humano, pequeño e indefenso.

Un ser humano cuyo destino está totalmente en nuestras manos y cuya supervivencia depende completamente de sus padres, en quienes confía ciegamente. Porque no tiene de otra.

Al final, ¿qué es más importante, defender el “derecho” de un mal padre de procrear... o el de un niño inocente de vivir feliz?— Fort Myers, Florida.

cfzap@yahoo.com www.cesarfernando.blogspot.com


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